El rol de Bullrich en el oficialismo: la voz de los votantes que dicen “sí, pero”

Las diferencias públicas de la senadora con la Casa Rosada podrían cumplir una función electoral: contener a quienes respaldan el rumbo económico y cultural del Presidente, pero cuestionan sus formas, algunos resultados y determinadas decisiones. La pregunta es si ese patrón responde solo a convicciones personales o también a una utilidad política dentro de la coalición gobernante.

 

Hay una pregunta que empieza a sobrevolar la política argentina a medida que se acerca 2027: qué pasa con los votantes que quieren que Javier Milei continúe, pero no están dispuestos a acompañarlo en todo. Son los que respaldan el equilibrio fiscal, el combate contra la inflación, la política de seguridad y el intento de terminar con determinadas prácticas de la política tradicional, pero al mismo tiempo se incomodan con algunas formas del Presidente, reclaman que la recuperación económica llegue a sus bolsillos y esperan que el cambio no se lleve puestos ciertos límites institucionales. Son los votantes del «sí, pero»: los que pueden decir que sí al rumbo, pero no a cada decisión.

En ese espacio aparece Patricia Bullrich. Y sus últimos movimientos permiten formular una hipótesis: quizás no esté construyendo un plan para sacar a Milei del centro de La Libertad Avanza, sino para evitar que quienes tienen reparos con el Presidente terminen buscando una alternativa fuera del oficialismo. Los acontecimientos de los últimos días le dieron una nueva dimensión a esa posibilidad. Durante la cena de la Fundación Faro, Milei volvió a utilizar expresiones extremadamente duras contra periodistas que investigaron la causa $LIBRA y habló de «quemarlos en la hoguera». Al día siguiente, Bullrich publicó una fotografía abrazada al Presidente y destacó la actividad como «una noche de ideas y de libertad».

Pero el domingo llegó el contraste. En una entrevista televisiva, la senadora cuestionó las expresiones presidenciales y sostuvo que Milei había «cruzado un límite». «Defender la libertad también es respetar a quienes nos cuestionan», afirmó. Y agregó una definición que marca una diferencia conceptual: frente a las críticas, «se responde con argumentos». La secuencia es elocuente: primero, la foto de cercanía; después, la diferenciación pública. Bullrich no reniega de la identidad libertaria ni de su pertenencia al Gobierno, pero establece un límite frente a una conducta presidencial que considera inconveniente.

El lunes 26 llegó otro episodio. La senadora no asistió a la reunión de gabinete encabezada por Milei en la Casa Rosada. Desde el Gobierno se habló de motivos personales. Sin embargo, distintas reconstrucciones periodísticas vincularon la ausencia con su malestar por los ataques a la prensa y con las diferencias que comenzaban a hacerse visibles alrededor de las elecciones brasileñas. No hay una explicación única que permita atribuir el faltazo exclusivamente a una razón política, pero su coincidencia temporal alimentó las interpretaciones.

Y el miércoles 28, Bullrich volvió a marcar una diferencia. Mientras Milei decidió no emitir un mensaje oficial de felicitación a Luiz Inácio Lula da Silva por su victoria frente a Flávio Bolsonaro, la senadora reconoció el resultado electoral brasileño. «La gente decide en las urnas y su voluntad se respeta», escribió. También cuestionó la utilización de una Justicia que no sea imparcial como herramienta para eliminar a la oposición. No se trata de presentar a Bullrich como una dirigente que abandona sus convicciones políticas. De hecho, respaldó a Flávio Bolsonaro durante la campaña. La diferencia es otra: una cosa es tener preferencias ideológicas y otra, desconocer el resultado de una elección.

No es la primera vez que Bullrich se mueve en esa dirección. En agosto había reclamado «más velocidad en los resultados para que el cambio se sienta en la vida cotidiana». La frase apuntaba a uno de los principales desafíos del Gobierno: transformar los indicadores macroeconómicos en mejoras perceptibles para las familias. También se diferenció cuando se discutió la continuidad de la candidata judicial María Verónica Michelli y cuando rechazó promover un jury contra jueces que habían cuestionado aspectos del régimen penal juvenil. En este último caso sostuvo que las decisiones judiciales deben discutirse mediante las vías de revisión correspondientes, no mediante la persecución política de los magistrados. A esos episodios se sumaron sus publicaciones en redes sociales. Primero, un video musicalizado con «No me importa», de Lali Espósito. Después, una pieza que terminaba con una frase de tono electoral: «Patricia sabe de la fuerza de los argentinos. Patricia conoce Argentina». El video alimentó las especulaciones sobre un eventual proyecto propio, aunque no constituye por sí mismo una confirmación de una candidatura presidencial.

En el mundo de las encuestas y la consultoría política empezó a circular el concepto de «siperismo». La expresión intenta describir a quienes responden «sí, pero»: acompañan aspectos centrales del cambio impulsado por Milei, aunque conservan objeciones sobre sus formas, sus costos o sus resultados. No necesariamente son moderados ni centristas. Pueden ser votantes convencidos de que la Argentina necesitaba un cambio profundo, pero que no consideran que ese cambio justifique cualquier conducta o cualquier demora en la recuperación de sus ingresos. Es allí donde Bullrich podría cumplir una función específica. Su mensaje implícito sería: no hace falta abandonar La Libertad Avanza para expresar disconformidad con determinadas decisiones. Es posible acompañar el rumbo y, al mismo tiempo, reclamar correcciones. Según pudo reconstruir este medio a partir de fuentes partidarias, en el entorno de la senadora descartan una ruptura con el Gobierno y sostienen que su rol es el de representar esos matices dentro de la coalición.

La hipótesis tiene una lógica electoral. Si esos votantes encuentran dentro del oficialismo una voz que los representa, podrían tener menos incentivos para buscar una alternativa por fuera de la coalición. Bullrich podría convertirse, así, en una suerte de garante de los matices: una dirigente que sostiene el proyecto general, pero procura establecer límites y representar los reclamos de quienes no adhieren sin reservas a Milei.

La pregunta es cómo. Milei —y Karina— está decidido a que no haya PASO. Eso sería un problema para Patricia Bullrich. «Patricia no quiere eliminar ni suspender las PASO», repiten a coro una decena de senadores aliados del gobierno. Es que las primarias constituyen una herramienta que le permitiría a la senadora competirle al presidente la candidatura en 2027. Consciente de eso, el presidente de la Cámara de Diputados y mano derecha de la hermana del Presidente, Martín Menem, salió a marcar la cancha: «No hay dos candidatos en La Libertad Avanza a la Presidencia. Es mi postura. Soy vicepresidente del partido a nivel nacional y presidente por mi distrito, que es La Rioja, y te diría que es unánime la idea de que el único candidato de La Libertad Avanza es Javier Milei», dijo en un claro mensaje a Bullrich.

En definitiva, pesarán la matemática y la opinión pública. Los datos de imagen pública aportan un elemento adicional, aunque deben leerse con cautela. En una medición de D’Alessio IROL y Berensztein difundida en octubre, Bullrich registró un 45% de imagen positiva y un 51% negativa, frente al 35% positiva y el 62% negativa de Milei. Otras encuestas mostraron resultados diferentes, incluso con cifras similares entre ambos. Por eso, no se puede afirmar que exista una ventaja uniforme ni convertir la imagen personal en una estimación automática de votos. Sí puede señalarse que Bullrich conserva un nivel de reconocimiento y una base de valoración que hacen políticamente relevante su posicionamiento.

Hay, además, una diferencia entre la demanda y la oferta. Que exista un electorado que quiera continuidad con correcciones no significa que ya haya una tercera fuerza competitiva, ni que Bullrich vaya a encabezarla. Tampoco demuestra que sus diferencias públicas formen parte de una estrategia acordada con Milei. Por ahora, eso pertenece al terreno de las hipótesis. Pero el dilema de 2027 está planteado. La elección podría no organizarse únicamente entre continuidad y cambio, sino también alrededor de una discusión dentro del propio espacio oficialista: qué significa continuar, qué aspectos del rumbo deben preservarse y cuáles necesitan correcciones. Bullrich parece estar explorando ese lugar sin romper formalmente con el Gobierno. El desafío para Milei es que el rumbo económico y político que propone no depende solamente de conservar a sus votantes más convencidos. También necesita retener a quienes lo acompañaron para terminar con un modelo que rechazaban, pero esperan resultados y límites que consideran indispensables. Quizás el verdadero «plan B» no sea un candidato alternativo ni una ruptura inminente. Quizás sea algo menos visible y, al mismo tiempo, decisivo: evitar que los votantes que dicen «sí, pero» tengan que salir de La Libertad Avanza para encontrar a alguien que los escuche.

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