La brecha de deuda se amplía en América Latina y expone riesgos muy distintos por país

Bolivia, Brasil y Surinam figuran entre las economías más endeudadas del mundo, pero el verdadero desafío no es el nivel de deuda sino su costo, composición y la capacidad de pago, en un escenario donde la región dejó de comportarse como un bloque homogéneo.

 

América Latina enfrenta un mapa de riesgos fiscales cada vez más fragmentado. Al menos tres países de la región se ubican entre las 30 economías con mayor deuda pública del mundo en relación al PIB, según un relevamiento del Fondo Monetario Internacional elaborado por el Instituto de Finanzas Internacionales (IIF) y compartido con el medio especializado que sigue estos indicadores. Pero más allá del ranking, lo que preocupa a los analistas es la creciente dispersión: mientras algunas economías lograron contener su endeudamiento, otras vieron dispararse sus pasivos en un contexto de déficits persistentes y acceso restringido a los mercados.

Bolivia presenta el cuadro más delicado. Su deuda pública ya supera el tamaño de su economía (102% del PIB) y combina déficits fiscales de dos dígitos, escasez de divisas y reservas internacionales críticamente bajas. “Bolivia parece la más vulnerable porque necesita simultáneamente una corrección fiscal, cambiaria y externa, con pocas fuentes de financiamiento disponibles”, explicó a Bloomberg Línea Emanoelle Santos, analista de mercados de XTB. Jonathan Fortun, economista del IIF, fue más directo: “Esa es la diferencia entre un problema de deuda y un problema de pagos, y Bolivia tiene el segundo”. Las reservas líquidas del país apenas alcanzan los US$897 millones, frente a una deuda pública externa de US$14.358 millones.

Brasil, en cambio, representa un riesgo fiscal de mediano plazo, pero con un colchón que lo diferencia del resto. Su deuda pública ronda el 96,5% del PIB (unos US$2,1 billones), pero alrededor del 95% está denominada en reales y en manos de inversionistas locales. Su principal desafío no es la solvencia externa sino el costo de financiamiento: en 2026, la factura de intereses del gobierno general alcanzará el 7,25% del PIB, la más alta de la región. El FMI proyecta que la deuda escalará hasta el 106,5% del PIB en 2031, en lo que Fortun describe como “un deterioro lento, continuo y visible en la curva local, no una crisis”.

Surinam, por su parte, muestra que el nivel de deuda no siempre refleja el riesgo fiscal real. Su ratio saltó del 84% del PIB en 2019 al 146,4% en 2020, descendió al 88% en 2024 tras una reestructuración, subió nuevamente al 105,8% en 2025 y se proyecta que cierre 2026 en 87,1%. Estas variaciones obedecen principalmente a cambios en el tipo de cambio y revisiones del PIB, no a un aumento real del endeudamiento. En una economía pequeña y dolarizada, el ratio deuda/PIB mide sobre todo el tipo de cambio.

El resto de la región muestra realidades heterogéneas. México, con una deuda del 62,7% del PIB, tiene “el nivel más cómodo entre las economías grandes”, según Fortun, aunque su factura de intereses subió del 4,41% al 5,98% del PIB en el mismo período. Argentina, con una deuda del 70,4% del PIB proyectado para 2026, ha mejorado sus cuentas públicas y acumulado reservas, pero sigue dependiendo del programa con el FMI y sin acceso estable al mercado internacional.

La gran lección que surge del análisis es que la región dejó de comportarse como un bloque. “Lo que se deterioró no es el nivel promedio de deuda sino la dispersión entre países”, señaló Fortun. En 2019, la diferencia entre la economía más y menos endeudada de la región era de 63 puntos del PIB; para 2026 se proyecta que alcance los 73 puntos.

Los analistas coinciden en que la vulnerabilidad de cada país estará marcada por el costo del pago de intereses frente al crecimiento económico, el balance primario, la composición de la deuda (moneda, tenedores y plazos), la disponibilidad de reservas líquidas y el acceso a los mercados. Como resumió Santos, “un país con deuda alta, financiamiento largo y en moneda local puede resultar menos riesgoso que otro con una deuda menor, pero con vencimientos inmediatos, pocas reservas y débil acceso al mercado”.

El caso de Ecuador, aunque con un ratio del 52,8% del PIB que parece cómodo, es paradigmático. Al estar dolarizado, no tiene prestamista de última instancia en su propia moneda, por lo que toda su deuda es efectivamente externa y cualquier tensión de financiamiento se traduce en una restricción de liquidez. El Salvador comparte esa vulnerabilidad.

La mayoría de los países de la región, salvo excepciones como Bolivia, operan con tipos de cambio flexibles, metas de inflación y una mayor proporción de deuda en moneda local, una arquitectura construida después de las crisis de los años noventa que reduce el riesgo de que una depreciación cambiaria derive en una crisis de deuda. Sin embargo, el mecanismo que llevó a la crisis boliviana podría repetirse en economías pequeñas y dolarizadas, donde una pérdida de acceso al financiamiento puede convertirse rápidamente en un problema de liquidez. Para las grandes economías, el riesgo es distinto: no una crisis de liquidez, sino un deterioro gradual de sus cuentas fiscales que se refleja en mayores costos de financiamiento y tasas de interés más altas durante un período prolongado.

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